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Reflexiones sobre la Pastoral de la Salud

 

ESPIRITUALIDAD DEL AGENTE DE PASTORAL DE LA SALUD


La espiritualidad es un estilo de vida o manera de vivir según las exigencias del Evangelio. Hablar de espiritualidad no es hablar de una parte de la vida sino de toda la vida; es hablar de la presencia del Señor en nuestra vida y en la comunidad cristiana.

Podemos decir que la espiritualidad del agente de pastoral de la salud es un vivir la vida según el espíritu de Jesús misericordioso, quien pasó haciendo el bien, curando y sanando toda enfermedad y dolencia.                                         

Por lo tanto, vivir la relación con Dios en el servicio a los que sufren es la expresión de una manera particular de vivir la vida en el espíritu.

El amor de Dios por nosotros es un amor gratuito e incondicional que nos lanza a comunicarlo a cuantos nos rodean y de manera especial a todos los que sufren. Aparecida nos invita a hacer de nuestras comunidades un centro de irradiación de la vida en Cristo para que el mundo crea.

Jesús nos pide ser misericordiosos como su Padre y con su vida nos muestra claramente el camino. Se conmueve profundamente frente al dolor y sufrimiento de los hombres. Vivir la vida según el espíritu de la misericordia es  hacer presente el amor y ternura de Dios junto a los que sufren con actitudes, gestos y palabras sanadoras.

Es una espiritualidad generadora de esperanza y de vida. El Dios que ha resucitado a Jesús es un Dios que ofrece vida en donde los hombres causan muerte. El agente de pastoral está llamado a ser presencia pascual al lado de los  que sufren. Vivir como hombres y mujeres resucitados es orientar nuestra vida hacia un amor creador y una solidaridad generadora de vida. Nuestra cercanía y acompañamiento serán camino de esperanza, de resurrección.

Esta convicción profunda da a nuestro servicio a los enfermos una dimensión de culto: es el sacramento de la presencia, es  cuando el servicio se hace contemplación. Una relación profunda en el Señor que nos lleva a "ver a Cristo en el enfermo y ser Cristo para el enfermo". El Evangelio de San Mateo se constituye para nosotros en una fuente permanente de espiritualidad: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis".

El descubrir a Cristo en el enfermo nos llama a estar atentos a su Palabra, a alimentarnos del pan de vida, a tener una actitud contemplativa y orante. Sin esta referencia al Señor y a su Palabra, nuestro anuncio perdería su horizonte, su eficacia. Estamos llamados a conjugar mística y compromiso, contemplación y acción.

Es una espiritualidad encarnada que exige una actitud de disponibilidad y apertura para escuchar inquietudes, problemas, angustias, sufrimientos y esperanzas. Es una espiritualidad vivida desde lo cotidiano: se nos pide dar razón de nuestra esperanza, ser luz y sal de la tierra.        

Benedicto XVI nos propone el programa del buen samaritano: "un corazón que ve". Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia.

Juan Pablo II nos dice que buen samaritano es aquel que sabe:

  • Detenerse: pararse, encontrar tiempo y espacio, no pasar de largo, estar dispuestos a cambiar programa, no permanecer indiferentes.
  • Acercarse: para escuchar, comprender, compartir, acompañar.
  • Darse: hacerse don, cargar y cuidar, hacerse prójimo, vendar heridas con oleo y vino. Hospedar al hermano en nuestro corazón, para que se sienta como en su casa. Ser compañía silenciosa y cariñosa, presencia maternal de la Iglesia que arropa con su ternura y fortalece el corazón.

A la escucha de la Palabra del Señor, aprende a leer, desde la fe, la experiencia del sufrimiento y del dolor, a descubrir la acción de Dios y a vivirlos con esperanza.

El agente de pastoral ha aprendido que el servicio al enfermo no se puede realizar sin el sacrificio y la renuncia. De aquí nace la fuerza de abandonarse en el Señor, la capacidad de dar sin esperar recompensa, la superación de la repugnancia, el saber comprender las más diversas situaciones, la apertura y disponibilidad hacia todos, la sensibilidad, el don de la gratuidad.

Es persona contemplativa,  de silencio y  oración. Sabe acercarse con delicadeza y respeto al misterio del sufrimiento, no para explicarlo ni para defender a Dios, sino para testimoniar la presencia del Señor que ama, solidariza y acompaña. Encarna los valores evangélicos de la comprensión, la misericordia, el amor, la entrega, la alegría.

A ejemplo de Jesús, Buen Pastor, es fiel a la misión de comunicar vida y estar al servicio de la vida. Benedicto XVI nos invita a contemplar a los santos de la caridad, portadores de luz en la historia; a hacer del servicio un culto agradable a Dios, a celebrar la liturgia de la caridad.

María, la Madre de Jesús, se presenta como modelo en el cuidado y "en el servicio de caridad a su prima Isabel, con la cual permaneció unos tres meses, para atenderla durante el embarazo... Es una mujer que ama... Lo vemos en la delicadeza con la que en Caná se percata de la necesidad en la que se encuentran los esposos, y lo hace presente a Jesús". ... La hora de la madre llegará solamente en el momento de la cruz, que será la verdadera hora de Jesús. Cuando los discípulos hayan huido, ella permanecerá al pie de la cruz. La mujer de la esperanza nos enseña a estar al lado del que sufre y acompañarlo con el valor y la ternura de una madre.

Guía para la Pastoral de la Salud en América Latina y El Caribe, Discípulos Misioneros en el mundo de la salud. Págs. 81-86.